Columna invitada por: Isabel Garcés.
¿Piensan las madres en el suicidio? Esta pregunta me surgió cuando me encontré en la disyuntiva de la belleza y la exigencia de la maternidad. Agotada, abrumada y con una vida a mi cargo, al mismo tiempo que responsabilidades laborales, domésticas y sociales; sin pausas para respirar y resetear. Pensaba en todos los “¡Felicidades!”, “¡Qué bueno!”, “¡Qué gusto!” que recibí después del parto y las anécdotas de las mujeres que me hablaban de la belleza de ser mujer/cuidadora, de la bendición de atender una casa, una familia, de lo que socialmente conocemos como ser mamá: la madre como un ser abnegado y feliz; lo sagrado, la que todo lo puede, la que todo lo soluciona y lo hace desde el cariño y la alegría. Eso de lo que me hablaron no se parecía en nada a lo que estaba viviendo. ¿Dónde estaban mis súper poderes de esa mamá latinoamericana ampliamente descrita de boca en boca? En la cruda soledad de la depresión post parto, hay tiempo para percatarse de los temas que no se hablan, pero que tienen que ver con salud mental. Quizá hasta aquí suene exagerado meter la ideación suicida y el ser cuidadora en el mismo círculo.
Estamos de acuerdo que, en nuestra sociedad, la mujer es la base de la familia: es la que cuida, cría, cocina, organiza y muchas veces mantiene una casa… Entre la nostalgia de quién dejó de ser y el convertiste en una persona que aprende a conocer, no a menudo encuentra tiempo para quejarse de cansancio, para cuestionarse sobre sus emociones, para escucharse y saber cómo se encuentra físicamente y, mucho menos, de revisar su salud mental.
Sabemos que el mayor problema de la salud mental de Latinoamérica es el alto índice de depresión y que la tasa elevada de suicidios que se registran día con día, le pisa los talones. El ritmo de vida ha acelerado a fondo y no hay tiempo para reflexionar y analizarnos. Meter el freno, siquiera, para convivir con la familia de vez en cuando, como lo hacían las generaciones anteriores.
Aquí es donde, en la mayoría de los casos, la situación se complica para las mujeres que deben cumplir un doble o triple rol en la sociedad. Las mujeres también tenemos prohibido “parar” en lo laboral/productivo, pero sin “descuidar a los hijos y al hogar”. En el peor de los casos, primero se abandona lo laboral que, a la familia, si no es así, vives con la culpa de trabajar y “descuidar a tus hijos, tu aporte más importante en la sociedad”. Primero se abandona una misma que a su familia. Tratando de cumplir con todo, muchas veces y en la mayor secrecía, se asoman pensamientos negativos… rumiantes…y suicidas.
Sorprende que, en Latinoamérica, en los temas de suicidio, la cifra de hombres se encuentra muy por encima de las cifras de mujeres que concretan este hecho. Aterrizando en el país, según los Datos del Comportamiento Suicida en México de la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones, el INEGI reporta que, en 2020, la tasa de suicidio de hombres fue de 10.5 mientras que la de mujeres de 2.2 (INEGI, 2023). Sin embargo, las mujeres tienen más ideaciones suicidas. La investigadora italoamericana Silvia Sara Canetto, en su artículo sobre la paradoja del género en el suicidio, dicta “En la mayoría de los países occidentales, las mujeres presentan tasas más altas de ideación y conducta suicida que los hombres; sin embargo, la mortalidad por suicidio es típicamente menor para las mujeres que para los hombres” (Canetto y Sakinofsky, 1998, p. 1). Este concepto evidencia que las mujeres sufren más ideación suicida, pero mueren menos. Esto puede llevar a la falsa conclusión de que el sufrimiento femenino impacta menos, pero surge algo más: las mujeres y cuidadoras se detienen, no porque encuentren una solución a sus conflictos, sino por la culpa de abandonar a sus familias, principalmente a sus hijos. Esto quiere decir, que continúan padeciendo el sufrimiento que las llevó a pensar que la vida no vale lo suficiente y, aun así, siguen siendo funcionales en el hogar, con los hijos y en el trabajo.
“Paradoja de género”.
Según estudios epidemiológicos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las mujeres intentan suicidarse 1.5 veces más que los hombres.
No es de extrañar que si un miembro de la familia siente que todo el peso de esta recae sobre sus hombros al grado de que deja de ser una experiencia “disfrutable “ y se convierte en supervivencia, buscará o –mínimo- fantaseará con una “salida” que la libere de esa pesada carga.
Se sabe que, en la mayoría de los aspectos de la medicina, los ensayos clínicos y los síntomas registrados de enfermedades recaen en modelos masculinos, poco se conoce de los síntomas en las mujeres ya que se han considerado por las industrias investigadoras como “seres con fluctuaciones hormonales menos estables para investigar” (University of Maryland Medical System, 2025), debido al ciclo menstrual. Décadas de investigación se han basado únicamente en la mitad de la población. Lo que pone en riesgo la salud femenina, hay que prestar atención a la salud femenina, ya que cumple un papel muy importante en el desarrollo de la sociedad.
Si aterrizamos esto a la salud mental, encontramos sesgos indignantes que ubican a la mujer como una persona de segunda categoría. Como sociedad, le debemos a la mitad de la población, además del trato digno, el recibir una atención médica adecuada.
Las madres y cuidadoras ocupan “el peldaño más bajo de la ecuación” porque su valor social se mide por su capacidad de sostener a otros, no por su propio bienestar.
También las mujeres debemos extender hacia otras mujeres y hacia la sociedad el priorizar la salud mental, sin culpa… es básica. Hay que desmontar la idea de que el autocuidado es egoísta. Romper el rol desde la base para vivir “la experiencia de la vida” desde un contexto más sano, más equitativo y dignificado.
Desestigmatizar la salud mental es otra tarea urgente, que quitaría el peso de pedir ayuda cuando de verdad se necesita. Paremos de sufrir en silencio, empecemos a hablar de maternidades reales y crudas, pero que se vivan en comunidad.
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